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"El Padre", una obra entre el amor y el fuego

"El Padre", una obra entre el amor y el fuego

En el espectáculo dirigido por Daniel Veronese, se destaca el trabajo de Pepe Soriano junto a Carola Reyna.

El padre es un espectáculo comercial que afirma algunos elementos con los que se hace buen teatro sea del circuito que sea: actores notables en su oficio y prestancia para el material, un buen texto, un director que se deja llevar en esas variables sin estridencias ni adosando un cargamento de novedades estériles en términos escénicos.

También es una muestra de cómo el teatro se afirma en su condición esencial, ligado a la actuación como motor de una experiencia sensible en el espectador. Una sensibilidad para nada lastimera ni en la vertiente de los golpes bajos. Aquí no hay una silla de ruedas merodeando la escena ni un chaleco de fuerza. Es más, los objetos de la escenografía se irán quitando hasta dejar la escena prácticamente vacía. Sucede algo tan alquímico y volátil, pero sostenido, como el trabajo de Pepe Soriano. Resulta extraordinario verlo a sus 86 años creando un personaje como Andrés. Soriano durante una hora y veinte minutos recorre planos interpretativos complejos. Es un actor que irradia en su personaje, nada menos, que la vitalidad arrasadora de un hombre que se desprende de lo real.

El Padre es un drama. Está el deterioro constante del protagonista, pero sobre todo, de los vínculos afectivos cercanos. El conflicto lo tienen ellos, no el protagonista. Más fulgurante resulta el Alzheimer, porque en ningún momento se nombra la enfermedad. La obra empieza con Andrés y su hija (Carola Reyna) inmersos en ese estado, no se sabe cómo llegaron a esa instancia. Están ahí. Tampoco Andrés es un anciano vencido. En un momento se le para de manos a su supuesto yerno (Fabián Arenillas /Gabo Correa). Será ácido, agresivo con su hija, con la mujer que lo cuida (Magela Zanotta/ Marina Bellati). En otro momento pedirá una canción de cuna. Carola Reyna tiene a cargo el otro rol fijo, además del padre, de la obra. La actriz es la acompañante perfecta de Soriano en escena.

El espectador parte de una visión del mundo compartida por Andrés. Con las certezas apagándose al igual que el protagonista. Este movimiento es una virtud de la estructura del texto de Zeller en manos de Veronese. Es una realidad, también, el modo en que se va diluyendo la escenografía mientras avanza la obra. Y el espectador se ubica, al igual que el protagonista, en un lugar destemplado. Si uno es padre, es inevitable no contemplar la fragilidad de ese personaje como territorio posible del ciclo de vida. Y como hijo, tal vez se haya pasado por experiencias similares. Más allá de esto, es una obra que da cuenta del amor y del fuego, incluso, escondido en cada despedida. Algo siempre más cerca de la vida que de cualquier enfermedad.

Fuente: DIARIO CLARÍN- 18/01/16- Crítica Por Juan José Santaillán

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